Un fuego rojo como la sangre que corre por mis venas, arde impetuosamente ante mis ojos. En mis mejillas puede verse la sal de mis lágrimas secas y mi labio es torturado sin descanso por mis dientes. Siento rabia, tristeza, siento la impotencia de no poder hacer nada, de ser incapaz de salir de este laberinto de llamas que me consumen.
Cierro los ojos, el humo me ciega, pero eso no me impide ver la realidad. Veo perfectamente como, ahora, mi destino no es tan incierto. Puedo ver al dolor encerrado en su jaula, listo para salir en cuanto se escuche la señal y avalanzarse sobre mi dejándome de una vez por todas sin sentimientos. Ya no siento el frío que sentía antes de llegar a este lugar, ya no tiemblo, sin embargo siento pánico. Echo de menos sus ojos, profundos como el abismo que se abre ante mi, tan bellos, que daría con agrado una porción de mi alma por poder verlos en todo momento.
No quiero que el dolor escape de su prisión, ni quiero que mi corazón casi recompuesto por los cuidados de mi musa, se vea fraccionado por vez última. Sé bien lo que quiero, sé bien lo que busco, no obstante, la ardua lucha me ha dejado exhausto y he abandonado la idea de seguir intentándolo.
Pero esto no se acaba aquí, no puede acabar con mi rendición, es solo un momento de flaqueza pues sé que en cuanto la luz del sol vuelva a brillar sobre mi cabeza, mi alma retornará a la batalla con más fuerza. Mi lucha es eterna y ya son varias las cicatrices que porta mi corazón, sin embargo, intentaré no rendirme otra vez. Ya una vez perdí lo que más amaba, no me resignaré a perder otra vez lo que más amo.
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