sábado 15 de noviembre de 2008

El Desierto.


Aquí estoy yo, aquí están las hadas, tristes, no brillan. Están apagadas, posadas por los giralunas cerrados. Acaba de amanecer en Central Park, estoy rodeada de todo y más sola que nunca.

Hoy parece que todo duerme, que el mundo no se ha despertado aún. Sigo un camino secreto, entre los árboles inversos; llego a un lugar diferente a todo lo demás. 
Empieza a hacer muchísimo calor, el sol es tan radiante que quema. noto la arena caliente bajo los pies noto este sofocante ardor a mi alrededor y sigo estando tan fría... tan no-muerta. 
Huele a sal, a mar, pero no lo veo. Solo hay kilómetros y kilómetros de arena anaranjada hasta donde alcanza la vista. 

Pasan las horas. El paisaje vibra por el vapor de agua... agua!, hay agua dentro del desierto! parece árido y seco por fuera, pero por dentro está tan vivo como yo no creo estarlo.

Noto algo debajo de mi, remuevo la arena... una flor, la única flor del desierto. Tenía razón, del más mínimo indicio de vida puede surgir una maravilla tan simple que resulta inimaginable.
 
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